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viernes, 15 de junio de 2007

सिन्को (ल)

Pablo levantó la mano y le hizo señas a Juan para que les cobrara. El viejo dijo que era una invitación de la casa para la dama porque aunque no lo recuerdo estoy seguro de que nos conocemos desde hace un tiempo. Natalia le sonrió muy animada mientras en la calle frenaba un Mercedes, haciendo el intento de estacionar. Pablo le dijo en chiste que a mí me conoce desde hace más tiempo y nunca me invitó ningún café, Juan sonrió y he aquí la primera vez acotó. El Mercedes tenía los vidrios polarizados y no se alcanzaba a ver quién será el inútil que pretender estacionar, demasiado auto para tan poco talento, che, pensó Natalia y supo de inmediato que se trataba de envidia, las maniobras torpes del conductor dejaron al Mercedes a medio metro del cordón de la vereda y cuando la puerta estuvo entreabierta, se dejó ver un pie anciano de mujer, calzado en sandalias coloradas. Del lado del conductor salió otra mujer igual de vieja, envuelta en un vestido negro que hacía juego con el Mercedes. Natalia se preguntó cómo sería la vida de esas señoras y si el dinero les había o no, comprado la felicidad. Voy a tener que irme, dijo Pablo y se paró, tenés las llaves de casa y espero encontrarte ahí cuando vuelva. Natalia no le preguntó dónde iba pero se puso de pie y le dio unas palmaditas en la espalda al abrazarlo, seguramente irá a ver a su hijo pensó y el dinero es un instrumento y no un fin se afirmó mientras volvía los ojos sobre el auto malestacionado. Despacháme otro cortado, Juan y el viejo asintió e inmediatamente después se agachó tras la barra y se puso hacer algo que Natalia no pudo discernir hasta que oyó las primeras notas de un Adagio de Beethoven. Pensó en Bernardo, que hubiera estado encantado con la circunstancia.
Unos ojos azules grisáceos se incrustaron en el perfil de Natalia. El hombre tenía pelo rubio muy lacio y la barba, canosa y desprolija, le llegaba hasta el pecho. En la mano sostenía un libro de Soriano.
Había una botella vacía de cerveza negra en el extremo de la mesa, y un cigarrillo recién armado se consumía en el cenicero de madera. La imparcialidad de este hombre por fin llamó la atención de Natalia, que no había notado su presencia hasta ese momento. Con los ojos aún perdidos en un punto inconcluso entre la cara de Natalia y la nada, el hombre ignoraba todo y era ignorado por todo, su imagen era la extensión del libro que sostenía en la mano y era a su vez Triste, solitario y final.

lunes, 7 de mayo de 2007

Doce

Natalia se sentó en el bar de siempre y pidió un cortado. Terminó de leer un libro que le habían prestado y cuando miró el reloj, - convencionalmente redondo, a una altura conveniente a la visibilidad desde todos los ángulos y todas las mesas- habían pasado tres horas. Pidió otro café, desde siempre tuvo la impresión o paranoia de que no era lícito sentarse a la mesa de ningún bar por tantas horas y sin pagar por ese derecho. El camarero le dijo que iba a empezar a cobrarle alquiler y agregó, con una mueca parecida a una risita, que por supuesto era una broma y Natalia se rió histérica (porque las bromas nos existen).
Luego de dar el portazo en la casa de Bernardo, caminó hasta su casa, deteniéndose como de costumbre en cuanta librería encontró por su camino, y dos horas mas tarde metió las llaves en la cerradura del tercero diecinueve, para darse de frente con una bonita peripecia;
A) La puerta no abría,
B) La llave ni siquiera entraba en la cerradura,
C) Esta vez no se había equivocado ni de piso ni de puerta y, efectivamente, todo seguía igual que cuando lo había dejado,
D) Salvo la cerradura.
Tocó el timbre impaciente, nadie contestó. La vecina del diecisiete asomó su cabecita de tinte rojo por el levísimo espacio entre la pared y la puerta entreabierta; llamó a Natalia. Le comunicó que tenía en el living un bolso con su ropa, además de una nota del propietario, dirigida a su nombre.
Y de que el mundo es injusto ya se había enterado hace tiempo…, leyó el papel con la mejor cara de sorpresa que puede poner una persona que ya no se sorprende con nada. Luego de eso, fue al bar.
Antes le rogó a la pelirroja de bote que le guardara sus “ajuares” –esta fue la palabra que Natalia utilizó- hasta el día siguiente, petición a la que accedió la vecina de mala gana, pero en fin, accedió.
El reloj marcó las nueve de la noche y Natalia tomó la última gota del tercer cortado. Se puso de pie y saludó con un gesto al camarero. De camino a la puerta tiró en el tacho de basura un papel prolijamente hecho un bollo tres minutos antes.
Durante la próxima hora anduvo sin rumbo; lo malo del tiempo no es que pase, sino qué pasa con el tiempo y cuánto queda. Son las marcas las que importan, no los hechos; igual de inútiles que las horas.

Decidió irse a la casa de Bernardo. Cruzó la calle y alcanzó a verlo asomado por la ventana. Tocó el timbre.

jueves, 3 de mayo de 2007

Quince

Natalia le explicó a Bernardo que su contrato de alquiler había vencido hacía un mes y treinta y cinco días, y que el propietario se había negado rotundamente a hacerle una renovación porque la zona se puso de moda y los yankees pagan hasta tres veces más de lo que vos llegás a juntar a duras penas. Natalia le había pedido una prórroga porque yo vivo acá hace tres años y ahora está muy difícil conseguir lugar, a dónde iba a irse, pero chiquita, ese no es mi problema, yo soy un hombre de negocios, si le concediera prorrogas a todos mis inquilinos muy pronto me vería en bancarrota, y yo no he trabajado toda mi vida para terminar haciendo beneficencia. Mi padre viajó tres meses en barco desde el otro lado del atlántico y después trabajó de albañil durante cuarenta años para que su hijo pudiera ir a la universidad, ¿usted va la universidad? No señor. Ahh, por eso el mundo está como está… No señor, yo no voy a la universidad porque tengo que trabajar para pagar el alquiler, por ejemplo, pero si tuviera un padre que trabajara por mi probablemente iría a la universidad y estudiaría derecho y después ganaría litigios por desalojo y compraría edificios enteros a mitad de precio y los alquilaría y viviría de rentas y tomaría uno o dos o tres Chandon por semana y coleccionaría botellas vacías de whiskys importados y colgaría cuadros de mal gusto en mi antesala, paisajes y retratos de artistas de mala muerte que encontraría en mis viajes a Venecia o a Roma, y diría, ante la expresión condescendiente de mis invitados “éste es de un artista italiano famosísimo que conocí en una exposición en el museo de arte contemporáneo, me pidió cinco mil dólares, y terminó dejándomelo en cuatro mil setecientos cincuenta dólares porque le caí muy bien” y además me inventaría un hobby interesante como jugar al golf o al tenis o hacerme artista de jazz pensó Natalia, pero se limito a rogarle una vez más que le concediera tres meses para encontrar un departamento nuevo, te doy dos meses, y sólo porque sos mujer y estás sola, le había dicho el abogado como si fuera un halago, y se había marchado sintiéndose orgullosísimo de su bondad.