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miércoles, 6 de octubre de 2010

Ruleta Rusa

“¿Y por qué soberana injusticia voy a ser yo culpable de no haber podido resistir algo que nos es, a todos, incomprensible? –dijo sin motivo y poniéndose de pie- Uds. dicen que Dios va a enviarme al infierno – continuó, aunque nadie le había dicho nada-. Yo no sé si existe tal Dios..., pero les aseguro que el infierno existe –y a continuación se llevó un arma a la boca y disparó y todo el mundo gritó. Algunos se persignaron.
La bala no había salido. “He aquí la voluntad del Todopoderoso”- dijo, riéndose desquiciadamente.



miércoles, 2 de julio de 2008

Sesenta y cinco

Muchas de las ideas que lo mantenían despierto esa noche, giraban alrededor de Thomas.

Bernardo pasa delante del espejo en la oscuridad del living y se detiene; mira una cara que conoce bastante bien, aunque prefiere abstraer los pensamientos para dentro de sí.

Se pregunta qué cosas hay cabalmente imprescindibles. Y ¿quién no supera un algo perdido si la construcción de un nuevo ideal? Pero también está la nostalgia que envenena el devenir de los días, y una elección.

Bernardo volvió a pensar en Thomas y sintió esa cosa que nunca había logrado definir, razón por lo que había evitado pensar en él a toda costa, y sin embargo, ahí estaba: recordando otra vez. Había logrado deshacer racionalmente o exorcizar de sí aquella historia y como por arte de magia su in-conciente le había arrojado sueños macabros que no eran más que el recuerdo en sí devenido en mensaje onírico. Me sorprendería si no hubiera vivido para ver la era del psicoanálisis después de Freud, se dijo irónicamente y ¿Por qué recuerda el hombre? Pensó que sería acaso para definirse a sí mismo, o por la simple voluptuosidad en el anhelo.

Había conocido a Thomas en un viaje a Inglaterra que se extendió en siete años de un exilio que le hizo añorar Buenos Aires como un amor perdido. Lo convenció de las hermosas desventajas de ser un bonaerense más, y empezaron juntos el viaje que los llevó al quinto diecinueve de un edificio medio en ruinas de la calle Balcarce.

Thomas encontró rápidamente su lugar en la ciudad y se las arregló repartiendo clases de literatura inglesa a viejas burguesas que además apreciaban sus dotes de amante, según le había dicho a Bernardo en un tono jovial y you should do the same bloody thing, my friend decía y Bernardo sonreía pero nunca acotaba nada. Thomas le recordaba un poco a Van Gogh; tenía el pelo y la barba rojizas y además una mirada que a veces parecía vaciarse, como si estuviera ausente pensó Bernardo y volvió a fijar la vista en el espejo. Sería mejor volver a la cama, el frío del otoño empezaba a caer.

sábado, 12 de enero de 2008

Cero.

El problema después de tanto tiempo no era la falta de amor sino todo lo contrario, siempre se puede besar mejor a un extraño (pensó) porque este mundo es la parodia asquerosa de un viejo ideal.

Él también había preferido revolcarse en camas vacías durante los años de juventud, había querido decir “sí” para siempre y había desistido, veía algo de inalcanzable en todo, una utopía lánguida descansaba en los cajones de su mesa de luz, bajo un libro de bolsillo del Profesor Nietzsche.

Un hombre camina un espejismo de años eternos hasta el umbral de cierta edad, entonces divisa a lo lejos la caída del sol, el ocaso de su ilusión de trascendencia se derrumba del cielo y cae, con el peso de todo lo viejo y desgastado, ahora los años se des-cuentan y se anudan en nostalgias de alegrías superfluas y de tiempos que por pasados y pisados se verán siempre mejor.

La virtud detrás de la fidelidad es a la vez su defecto.

No es el compromiso sino el aburrimiento lo que ha movido a la humanidad desde siempre en busca de variaciones de su realidad. El ideal del hombre se transformó así, en su propio antagonista; un compromiso con la realidad, el estado ideal, es socavado por el rayo destructor del aburrimiento. El terror del sinsentido descansa ahora tras el velo de un nuevo ideal.

Bernardo agarra una cuchara y revuelve la ginebra que puso recién en el café. Es invierno y su casa es la antártica. No hay estufa, dos hornallas están prendidas en la cocina. Ha pensado que debió detener a Laura. Quiso evadir el dilema y se pasó todo ese sábado en el bar, cuando volvió, (eran las nueve de la noche), Laura ya se había mandado mudar.

Hace dos días la encontró pernoctando con cierto profesor de literatura inglesa, en el sillón de su casa. Bernardo no dijo demasiado sobre el “episodio”, cosa que molestó sobremanera a Laura, porque para colmo de males parece que no le importa.

Laura siempre fue fiel, su compromiso con Bernardo era certero y fue sólo el aburrimiento lo que la llevó a concretar la novedad de otro amor. Bernardo lo comprendía así, pero la condescendencia de un hombre de razón es una virtud imperdonable. Laura había tenido una crisis, el ideal de su amor era quebrado por la visión de un amor distinto: un nuevo ideal devoraba la extenuación de un ideal añejo.

Bernardo no opuso demasiada resistencia, no confiaba en la necedad de obstruir el devenir de las cosas. La palabra i-ne-vi-ta-ble se define a sí misma, y Bernardo es de esos que gustan de coleccionar significados y significantes, la noción que inevitable abarca, es a la vez deleite y amargura de su conciencia. Pero ahora es tarde. Laura se ha ido y quizás no vuelva a verla.

Bernardo sorbe el café-ginebra, se frota las manos para ahuyentar al frío.



©La inutilidad de las horas anda siendo compaginada por estos días, pues toda obra anhela su consumación. Como opera prima (al menos en lo que a novela se refiere) su destino será (probablemente) el de morir en uno de los baúles que tengo esparcidos en casas ajenas (porque yo no tengo casa ni ajeno) pero en fin, será al fin un intento de trascender mi nihil, una justificación de tanto inconformismo (¿fundado?). No es que el arte sea inútil, son las horas que no valen si no hay intento de ver más allá de la opresión de lo con-secuente; la aliteración de los días. El artista posee una visión y una misión, si algo dijo de cierto Wilde, es que los grandes destinos son sólo para las grandes almas... hagamos el favor de intentar.

domingo, 16 de diciembre de 2007

otro domingo,


A veces tenía la impresión de que toda su vida era un camino indefectible hacia ese día hostíl. Le costaba pensar en todo lo que había sucedido. Decidió aniquilar la duda con veintitres canciones de Led Zeppelin. Eso era siempre de ayuda.

Después de todo, eran la seis y media de la mañana y Bernardo estaba solo. Hace una hora estaba rodeado de un par de cientos de rostros grotescos en el bar, y algunos habían sido de su agrado. Sin embargo,

todos eran un adorno.

Todos habían roto la promesa hace tiempo ya.

De no olvidar.

Y esa verdad era muy triste para un domingo a las seis de la mañana.

Así que Bernardo se quedó ahí, sin mucho más que acotar a la farsa de otro domingo del montón.

martes, 23 de octubre de 2007

50

Se sentía poderoso. La adrenalina se expandía por su cuerpo y pitaba, ansioso.

No había sucedido nada, sino que esta súbita predilección por la alegría lo invadía desde todos los ángulos, un deja-vù de algo que sin lugar a dudas iba a pasar. Bernardo sabía que no había nada de ordinario en esa sensación de expansión, ni era tampoco una maquinación de su cerebro, medio viejo y medio cansado. Se sentía como Raskólnikov justo antes de levantar el hacha por los aires, el Kairos, pensó y encendió maquinalmente otro cigarrillo.

Estaba fresco, pero Bernardo mantenía una ventana abierta para que el aire entrara. Hacía tres días que había empezado a llover y esa noche la tormenta ahuyentó de la calle a todos los hombres; no había una puta ni un mendigo o un punga en ningún lugar, adónde irían, y los truenos parecían anunciar el fin del mundo. Esporádicamente, Bernardo imaginaba que todo eso era una señal más.

¿Dónde andaría Natalia aquélla noche?

Pensaba que tentar la suerte significaba vivir una infinidad de vidas dentro de la misma, y para qué pensar tanto, pensaba indefectiblemente y así confirmaba la imposibilidad de salirse de sí, de expresarse o de ser fuera de su observación directa del mundo, cogito ergo sum, dijo y decidió abandonar el asunto, alzó la cabeza un poco e inspiro el aire frío que atravesaba la ventana.



Al cabo de que hubiese retumbado otro trueno en el cielo, Bernardo oyó a la distancia un sollozo. Se desperezó, al perecer, se había quedado dormido por un momento. Se levantó con intención de cerrar la ventana, y el lamento que había escuchado se hizo más fuerte. Se detuvo en silencio para oír de dónde provenía, puede ser mi imaginación, pensó, y palpó en la oscuridad para agarrar sus cigarrillos.

No había luz en ninguno de los edificios que Bernardo llegó a capturar con la vista, luego de asomarse por la ventana. La oscuridad era inmensa, cada tanto, un relámpago alumbraba toda esa desolación y los árboles se agitaban desechos en la tempestad e incluso podían verse espectros al parpadear, si uno era propenso a ciertas creencias.

Tal escena, más el llanto que parecía provenir de la cocina, lograban infundir un miedo que a Bernardo le resulto inverosímil, de manera que decidió averiguar de que se trataba todo eso.

Atravesó el living, alumbrado por la llama débil del encendedor, que cada tanto se apagaba para dejarlo inmerso en el vacío. El llanto se asemejaba al de un niño, era suave pero persistente y estaba ya cada vez más cerca de Bernardo, que logró divisar un bulto parecido a un hombre dibujado en la oscuridad.

El bulto se sacudía en pequeñas convulsiones que acompañaban rítmicamente sus accesos de llanto, cuando Bernardo estuvo muy cerca, logró ver que el hombre se sostenía la cabeza con las manos, y que no parecía haberse percatado de su presencia. Bernardo se hundió de pronto en una duda certera ¿Cómo había entrado ese hombre a su casa? Salió de su cavilación al ver que el hombre se daba vuelta a mostrar su rostro convulsionado…, ¡era Wilde!

Bernardo fue presa de un pánico absolutamente fundamentado por la certeza de estar viviendo un momento imposible en el espacio y el tiempo, ¡por fin me he vuelto loco! Se dijo, mientras Wilde le extendía un papel arrugado. Bernardo estiró la mano y se acercó el papel furtivamente a los ojos, purgó por leer lo que estaba escrito, presentía el despertar a otra vida en la que Wilde ya no estaría.

Mientras clavaba en el papel la mirada, sintió que era sustraído del lugar, como si se estuviera cayendo de sí, o dentro de sí, y ya no pudo seguir leyendo cuando un trueno lo despertó sacudiéndose en su silla.

La brisa fresca que venía de la ventana le humedecía el rostro, todo había sido un sueño.

martes, 10 de julio de 2007

Veinticuatro

Soliloquio de Bernardo
Lo más difícil es sacarse la máscara, frente a uno mismo. Mirarse, y decir: esto es lo que soy, y no otra cosa. No soy, la proyección de mis deseos.
Y no estoy hablando de la máscara que uno se pone para decir “buenos días”, no estoy hablando desde el punto de vista de la hipocresía social, hablo del individualismo como base, hablo del auto-conocimiento, hablo de la mentira auto-impuesta. Hablo del terror de conocerse a uno mismo, de verse expuesto ante el ojo del espejo. Y del terror que causa la idea de no poder ser otra cosa distinta de lo que uno es: un punto en la nada, que a la vez, y sin embargo, contiene un universo en sí mismo. Un universo de ideas que terminan enrollándose con otro millón de ideas y de vidas y de corazones ajenos que nunca podremos retener, ni conocer del todo.

sábado, 30 de junio de 2007

Cincuenta y seis

Necesitaba terminar un ensayo esa misma noche. Lo había venido posponiendo por seis semanas, tres días, diez horas, y treinta y nueve minutos. Thomas había preferido contar el tiempo que estaba perdiendo, en lugar de ocuparse en terminar sus “Reflexiones sobre el individualismo”. Uno de sus grandes problemas había sido la disyuntiva de pensar en inglés y escribir en castellano, los dos primeros días de su trabajo se le habían pasado en un intento de definir el significado concreto de las palabras “individuo”, “individualidad” e “individualismo”. La importancia de diferenciar los tres criterios, definiría no sólo el título de su obra, sino también su contenido.

Así que determinó que, en primer lugar, el “individuo” era la persona o ente preciso, que podía o no, tener rasgos totales o parciales de “individualismo”, mientras que la “indivi-dualidad” le daba al “individualismo” del “individuo”, una connotación bipolar (y esto no era en lo que Thomas quería indagar) de manera que se había decidido por el “individualismo” como tema central de sus apuntes; La individualidad de un ser respecto de su especie es lo que le da su carácter de individuo y esto es una condición natural, mientras que el individualismo del ente en cuestión, es el resultado de una elección racional. Y a Thomas le importaba bastante desigualar lo racional de lo meramente instintivo.

Se sentó y miró el reloj: las tres de la tarde. Había demasiada luz y quién puede reflexionar con tanta iluminación damn it, vaya contradicción, es que hace falta primero hundirse en una cierta penumbra, en un cierto abismo opaco y sombrío, para luego ir encontrando destellos de luz y certezas, volvió a pararse y caminó unos pasos hasta la ventana, sostenía un cigarrillo en la mano izquierda y con la derecha agarró la soga trenzada y sucia de la persiana, la estiró contra sí y la dejó caer; en la habitación se hizo la oscuridad.

Volvió a su asiento, clavó la vista en el monitor de la computadora. Esa rayita vertical, negra e intermitente sobre la hoja en blanco del Word lo ponía, en efecto, bastante nervioso. No se le ocurría nada. Le individualisme, merde! Pensó, y ya ni siquiera podía hacerlo en su propio idioma, how am i supposed to get this finished, man, y este hombre al que le hablaba era el mismo, era acaso en su indivi-dualidad en lo que pensaba y entonces el dilema ya no era hablar del individuo en sociedad sino del individuo-dentro-del-individuo, what is it all about, man? y entre la ventana y la persiana semicerrada quedaba una levísima zona descubierta que dejaba pasar una luminiscencia que lo exasperaba, y el ruido: cómo podía entrar tanto ruido por en espacio tan exiguo, la masa se complotaba en su contra; la humanidad entera des-indivi-dualizada del otro lado de la ventana, gritando, las bocinas de los autos y el motor de un colectivo antiquísimo mugiendo como una gran vaca-vengadora, el Marqués de Sade escribió Justina en catorce días porque entonces no había colectivos-vaca, no había bocinas ni avenidas ni humanos complotados en orgías de ruido, fuck it man, better have your kicks before the whole shithouse goes out in flames, man, pero en verdad tenía que terminar el ensayo, se puso de pie con una violencia intempestiva y se apuró en cerrar la ventana en su totalidad, concentró su atención en cubrir los hilos de luz que atravesaban los surcos de la persiana, colgó una bandera de Jim Morrison del palo de la cortina, encendió un sahumerio y una vela, dejó sonar la Cabalgata de las Valkirias muy fuerte en su ordenador, decidió que ese sería el himno de su guerra, pero sus Valkirias no ampararían el alma de ningún guerrero sino todo lo contrario; deberían salir y aniquilar ese ruido desorbitante, volvió a abrir la persiana, la ventana, dejó que la bandera de Jim Morrison se agitara con la brisa que pronto apagó la vela de un soplido, movió el disco de Wagner a su equipo de música, conectó los parlantes, subió el volumen hasta más no poder y sonrió absolutamente conforme cuando afuera, los autos y las bocinas y la gente y los colectivo-vaca se hundían en un silencio abismal, un silencio que era el canto bélico de las Valkirias rebasando los rincones de esa ciudad mugrienta.

viernes, 15 de junio de 2007

सिन्को (ल)

Pablo levantó la mano y le hizo señas a Juan para que les cobrara. El viejo dijo que era una invitación de la casa para la dama porque aunque no lo recuerdo estoy seguro de que nos conocemos desde hace un tiempo. Natalia le sonrió muy animada mientras en la calle frenaba un Mercedes, haciendo el intento de estacionar. Pablo le dijo en chiste que a mí me conoce desde hace más tiempo y nunca me invitó ningún café, Juan sonrió y he aquí la primera vez acotó. El Mercedes tenía los vidrios polarizados y no se alcanzaba a ver quién será el inútil que pretender estacionar, demasiado auto para tan poco talento, che, pensó Natalia y supo de inmediato que se trataba de envidia, las maniobras torpes del conductor dejaron al Mercedes a medio metro del cordón de la vereda y cuando la puerta estuvo entreabierta, se dejó ver un pie anciano de mujer, calzado en sandalias coloradas. Del lado del conductor salió otra mujer igual de vieja, envuelta en un vestido negro que hacía juego con el Mercedes. Natalia se preguntó cómo sería la vida de esas señoras y si el dinero les había o no, comprado la felicidad. Voy a tener que irme, dijo Pablo y se paró, tenés las llaves de casa y espero encontrarte ahí cuando vuelva. Natalia no le preguntó dónde iba pero se puso de pie y le dio unas palmaditas en la espalda al abrazarlo, seguramente irá a ver a su hijo pensó y el dinero es un instrumento y no un fin se afirmó mientras volvía los ojos sobre el auto malestacionado. Despacháme otro cortado, Juan y el viejo asintió e inmediatamente después se agachó tras la barra y se puso hacer algo que Natalia no pudo discernir hasta que oyó las primeras notas de un Adagio de Beethoven. Pensó en Bernardo, que hubiera estado encantado con la circunstancia.
Unos ojos azules grisáceos se incrustaron en el perfil de Natalia. El hombre tenía pelo rubio muy lacio y la barba, canosa y desprolija, le llegaba hasta el pecho. En la mano sostenía un libro de Soriano.
Había una botella vacía de cerveza negra en el extremo de la mesa, y un cigarrillo recién armado se consumía en el cenicero de madera. La imparcialidad de este hombre por fin llamó la atención de Natalia, que no había notado su presencia hasta ese momento. Con los ojos aún perdidos en un punto inconcluso entre la cara de Natalia y la nada, el hombre ignoraba todo y era ignorado por todo, su imagen era la extensión del libro que sostenía en la mano y era a su vez Triste, solitario y final.

domingo, 3 de junio de 2007

Cuarenta y cuatro

Era feriado y Bernardo tuvo que ir a trabajar. El tránsito de los feriados es más bien rápido y uniforme, (pensó) y dirigió sus pasos hasta la parada del colectivo, que tardó en aparecer unos quince minutos. El chofer hizo al principio el ademán de no frenar; se tiró ligeramente hacia la derecha pero antes de que Bernardo empezara a putear ya se había situado del lado correspondiente a la subida de pasajeros. Bernardo se alegró. Dijo “buen día, ochenta centavos” y caminó hasta el fondo. Había un asiento libre. El sol brillaba, acaso sería un gran día. Un gran día para un hombre del montón.
El aparato transportador de materia obrera avanzaba de una manera considerablemente lenta. No estoy apurado, pensó Bernardo, y abrió su Memorias del subsuelo. Leyó cerca de diez minutos, la calle estaba bastante vacía (de autos y de gente), y el chofer tampoco parecía tener apuro.
Bernardo volvió a su lectura. Un párrafo. Dos párrafos. El colectivo se movilizó tres cuadras promedio, de cien metros. Leyó más rápido. Miró la cara inerte del conductor que se reflejaba en el espejo. El espejo tenía grabados florales. A ver si salimos de primera, carajo, quiso decir Bernardo, pero optó por mantener la cordura, realmente no había apuro, era el trabajo de siempre lo que esperaba al final del trayecto. El trabajo lo seguiría esperando. Aunque el jefe no iba a creer en la excusa del retraso. Era feriado y el tránsito era más bien rápido y uniforme.

domingo, 13 de mayo de 2007

Cuarenta y uno

No sé qué más inventarte. No se que decirte que no hayas oído o leído en un libro de Fedor, o vivido. Lo cierto es que estoy enfermo, me duele la nariz, estoy empapado, me lloran los ojos, camino por la casa que se derrumba de mugre y desorden, siempre fui así, no es tu culpa.
Así que no vayas a creer que esto es un reproche, hace un par de años yo me hubiera quejado y me hubiera lamentado por tu ausencia, y hubiera arrojado mi juicio sobre vos, pero ya no más. Esto que pasa me supera y sin embargo, puedo soportarlo tranquilamente, no has hecho nada que yo no hubiera hecho en tu lugar.
Creernos una especie superior es un error, estamos tan limitados y subyugados por el instinto, como cualquier otra especie animal, los sentimientos de nobleza y caridad y compasión, nos han sido impuestos por un sistema meramente cultural y social, y sobre todo religioso; el de las buenas costumbres, y toda esa vieja historia de amar al prójimo como a uno mismo, cuando en realidad lo que uno siente por sí mismo en la mayoría de los casos es un desprecio absoluto, una culpa perenne por no ser bueno, siglos y siglos de amenazas de castigos infernales se nos incrustaron en los genes, y el respeto o el miedo a las sanciones de un dios inexistente nos ha llevado a pretender, incluso ante nosotros mismos, que la naturaleza de nuestro ser es bondadosa, y en consecuencia, la culpa nos embarga cuando descubrimos el grado de perversión de nuestras almas, y que en realidad no nos incumbe demasiado si el otro sufre, sólo nos interesa haber hecho daño por una cuestión de índole casi religiosa, diría yo, porque nos enseñaron la arbitrariedad del altruismo como una virtud suprema, cuando en verdad para la naturaleza, las nociones de bueno o malo carecen de valor. Con esto no quiero restarle importancia a la magnanimidad del filántropo, salvo que para nosotros, los hombres del montón, no hubo peor invento que el pecado. En este mundo todo es; sin remedio, sin cura, sin enfermedad.
De manera que no te detesto, o al menos no de la forma que imaginás. No me creo tan importante, muy a pesar de ésta egolatría de filósofo que parece caracterizarme. Aunque podría suponerse que me considero demasiado trascendental para sufrir por cuestiones humanas, y de cierta manera es así, pero es sólo la convicción absoluta de mi insignificancia lo que me lleva a elevarme por encima de lo meramente emocional; asumir que uno es demasiado importante es el primer paso hacia la miseria, convencerse de la nimiedad del ser emocional y material es dar un paso al costado; ya ves que no pretendo hacer de mis palabras una doctrina, de todo lo que me intriga de este mundo, es mi propio ser lo que más me atañe, y así debería darse, siempre.
Y vos, amor, sos sólo un puente hacia mi abismo.

martes, 8 de mayo de 2007

Veinte

Cosa loca, ir caminando por la calle y darse cuenta de que en verdad el acto caminatorio (esa seguridad de los pasos sobre la tierra firme o el pavimento inconstante) forma parte de una realidad variable y mentirosa, porque el mundo es redondo y la gente de China también anda por la vida creyendo estar de pie, entonces pensar en la probabilidad de que no sean ellos, pensar que es uno el que está colgando y caer (inmediatamente) en un tipo de paranoia alucinativa sin pensar ni un sólo instante en – a dónde querés llegar con todo esto vos - la odiosa frecuencia con la que usamos el adverbio de frecuencia y en la odiosidad de la frecuencia propiamente dicha - es parcialmente necesario, Bernardo - será por esa carencia limitativa del lenguaje frecuente - esa necesidad tuya de explicarlo todo con un trabalenguas es lo que te induce a vivir en otro mucho mayor - digamos; un trabalenguas cuyo significado subjetivo hay que discernir para entender mi realidad objetiva; que en otras palabras no es más que falsa, si se tiene en cuenta la variabilidad relativa de la imaginación puesta en escena - qué mierda acabas de decir, Bernardo, a ver si empezamos a hablar en criollo o no va a haber quien te lea - ay Natalia querida, qué más da hablar con más, con menos, si al fin y al cabo
la suerte tira, uno tira
todo cambia con la mirada, todo pasa
y uno pasa con el tiempo, el tiempo NOS pasa
RELATIVAMENTE
Según uno MIRE
y cómo.

Dieciocho

Qué linda palabra “insoslayable”. Hay palabras cuyo significado debería cambiar; el significado asesina al sonido, al ritmo, al placer de decir: “in-sos-la-ya-ble”.
Porque, insoslayablemente, odio lo insoslayable; la existencia de un todo que no sabe hacia donde va, pero que sigue andando. Y tal vez no haya un rumbo sino un regreso sempiterno al punto de partida. Como un palíndrome;
Dábale arroz a la zorra el Abad
Sem-pi-ter-no e in-sos-la-yable; sos la llave de una puerta que da a un jardín de tréboles de tres hojas ¿Y la cuarta hojita dónde está? Me estoy volviendo loco, y tengo que afeitarme. ¿Dónde carajo estará la máquina? Che Natalia, ¿vos estuviste usando mi afeitadora? No, dice Natalia desde el living, Bernardo sigue revolviendo en el botiquín del baño y al final de cuentas yo nunca he visto un trébol de cuatro hojas, o sea que no existen. Natalia, ¿vos alguna vez viste un trébol de cuatro hojas? No ¿por qué? Entonces no existen. Que vos no puedas ver algo no quiere decir que no exista, Berni. No me digas “Berni”. ¿Encontraste la máquina de afeitar? No. Entonces no existe. ¿Qué cosa? La máquina de afeitar. ¿Qué querés decir con eso, querida? Si decís que los tréboles de cuatro hojas no existen porque no los ves, se puede aplicar la misma lógica con la maquina de afeitar, ¿no? Es más, en este momento, para mi no existe nada más que este sillón hecho mierda que tenés hace treinta y cinco años, y todo lo que alcanzo a ver en el living; y vos sos una voz que viene de un lugar que no sé si existe porque no lo veo. En realidad, a lo mejor la que no existe soy yo ¿entendés? pensá en toda la gente que hay en el mundo; toda la gente que vos no sabés que existe, un musulmán que está haciendo en este preciso momento su cuarta reverencia del día a Alá; yo no existo para ese tipo ¿entendés? Encontré la afeitadora. ¿Dónde estaba? Detrás del inodoro. Che, la barba te queda bien. Pero no puedo sortear los menesteres higiénico-estéticos que me demanda la celestial civilización que existe de la puerta para fuera; afeitarme es una tarea in-sos-la-ya-ble. ¿Se puede saber por qué exagerás todo lo que decís, che? le pregunta Natalia al mismo tiempo que entra en el baño, se baja los pantalones y se sienta en el inodoro. ¿Se puede saber por qué o cómo osas mear en mi presencia? Y por qué no; pretender que uno no va al baño es una soberana estupidez, che, quieras o no, dentro tuyo hay una cosa llamada intestino grueso, por el que ha de pasar eventualmente todo lo que entre por tu boca, y después salir... No me expliques más. Hay que parar de idealizar, fijáte como anda la gente por la vida; afirmando que sí tiene alma pero negando cabalmente la existencia de un intestino grueso y de un deseo de
Cagar, es lo que espero que no hagas mientras yo esté en el baño; a dos personas normales les lleva al menos noventa y cinco años de relación hablar de
¿El intestino grueso? no te preocupes que ya me voy, che. Se subió los pantalones y volvió al sillónhechomierda.
Bernardo se puso espuma en la cara del espejo, y la afeitó con los dedos. Usó la misma espuma para su cara y terminó de limpiar la cara del espejo con una toalla mojada.
Dábale arroz a la zorra el Abad. Así las cosas, Bernardo, y vos intentando aniquilar la subsistencia de un pelo que forzosamente va a volver a salir. Y los tréboles.

lunes, 7 de mayo de 2007

Doce

Natalia se sentó en el bar de siempre y pidió un cortado. Terminó de leer un libro que le habían prestado y cuando miró el reloj, - convencionalmente redondo, a una altura conveniente a la visibilidad desde todos los ángulos y todas las mesas- habían pasado tres horas. Pidió otro café, desde siempre tuvo la impresión o paranoia de que no era lícito sentarse a la mesa de ningún bar por tantas horas y sin pagar por ese derecho. El camarero le dijo que iba a empezar a cobrarle alquiler y agregó, con una mueca parecida a una risita, que por supuesto era una broma y Natalia se rió histérica (porque las bromas nos existen).
Luego de dar el portazo en la casa de Bernardo, caminó hasta su casa, deteniéndose como de costumbre en cuanta librería encontró por su camino, y dos horas mas tarde metió las llaves en la cerradura del tercero diecinueve, para darse de frente con una bonita peripecia;
A) La puerta no abría,
B) La llave ni siquiera entraba en la cerradura,
C) Esta vez no se había equivocado ni de piso ni de puerta y, efectivamente, todo seguía igual que cuando lo había dejado,
D) Salvo la cerradura.
Tocó el timbre impaciente, nadie contestó. La vecina del diecisiete asomó su cabecita de tinte rojo por el levísimo espacio entre la pared y la puerta entreabierta; llamó a Natalia. Le comunicó que tenía en el living un bolso con su ropa, además de una nota del propietario, dirigida a su nombre.
Y de que el mundo es injusto ya se había enterado hace tiempo…, leyó el papel con la mejor cara de sorpresa que puede poner una persona que ya no se sorprende con nada. Luego de eso, fue al bar.
Antes le rogó a la pelirroja de bote que le guardara sus “ajuares” –esta fue la palabra que Natalia utilizó- hasta el día siguiente, petición a la que accedió la vecina de mala gana, pero en fin, accedió.
El reloj marcó las nueve de la noche y Natalia tomó la última gota del tercer cortado. Se puso de pie y saludó con un gesto al camarero. De camino a la puerta tiró en el tacho de basura un papel prolijamente hecho un bollo tres minutos antes.
Durante la próxima hora anduvo sin rumbo; lo malo del tiempo no es que pase, sino qué pasa con el tiempo y cuánto queda. Son las marcas las que importan, no los hechos; igual de inútiles que las horas.

Decidió irse a la casa de Bernardo. Cruzó la calle y alcanzó a verlo asomado por la ventana. Tocó el timbre.

Treina y cinco

Se despertó a las cinco de la mañana. Primero se quedó en la cama, mirando al techo. Se levantó. Fumó dos o tres cigarrillos, los apagaba antes de llegar a la mitad. Dio vueltas por la casa y volvió a la cama. Trató de leer pero se detenía en cada palabra o en cada oración o en cada párrafo a pensar en quién sabe qué cosas, desistió. Cerró el libro y volvió a prender un cigarrillo, miró el cenicero, cenizas (pensó) y pitó y apoyó el índice en su labio inferior y se rascó la nariz y exhaló el humo que esa noche no lo mataría. Abrazó la almohada e intentó dormir, el que no puede morir puede dormir (pensó) esa es la tregua que nos da le mundo, y qué mentira, si uno no se libra nunca del verdugo de dentro. Se enojó, con el insomnio y con el mundo, y entonces se dio cuenta de que estaba esperando algo que no iba a llegar o que no existía, y que el hecho de que algo sucediera o dejara de suceder era totalmente irrelevante, porque podrían desaparecer tres cuartos de los hombres y las mujeres del mundo, y aún así, no pasaría nada, porque nunca pasa lo que pasa, sino los que NOS pasa (pensó) y las historias individuales no son más que una manchita grotesca en la Eternidad Inconcebible.

Lo inconcebible de la eternidad (pensó), ésta vez en voz alta y estirando la frase, como en cámara lenta, y hasta pudo llorar pero se calló. Y se cayó.

Treinta y seis


Vivir, victima del sol impertinente,

Vivir y acatar las reglas de la dictadura universal,

Vivir y esperar a que llegue un día valioso,

cuando todo es infinitamente valioso si uno quiere,

asquerosamente soportable si uno resiste.


Demagogia del espíritu,

decir que te amaré por siempre

mientras huelo tus cenizas como un deja-vu

de lo que pasará


Porque dependo de tus ojos y sin embargo,

podría escupir en tus huellas y olvidarte

y odiarte de antemano para odiarte menos,

para ahorrarme el tiempo que voy a pasar amándote.


Menos lamentaré perderte

que soportar perderte tanto.

Cuarenta y siete

Es muy tarde ya.

El tiempo sólo ha dejado espectros
y estos versos

no descubren la grandeza
de lo que callan.

Es muy tarde ya
para que concibas lo que el silencio omite.

A veces mentí y otras veces
Disimulé
Mi falta de fe:
No he confiado en tu alabanza
Más de lo que confío en mis fantasmas

Y sin embargo,
He creído
En el ensueño de tu boca
Devorando mi sentencia.

Pero

Es muy tarde ya,
El vacío no abraza más constelaciones

Y la carne ahora
no busca sino carne.

Ha muerto mi rapsodia impertinente,
Ha muerto ya.

Eso es todo.

jueves, 3 de mayo de 2007

Quince

Natalia le explicó a Bernardo que su contrato de alquiler había vencido hacía un mes y treinta y cinco días, y que el propietario se había negado rotundamente a hacerle una renovación porque la zona se puso de moda y los yankees pagan hasta tres veces más de lo que vos llegás a juntar a duras penas. Natalia le había pedido una prórroga porque yo vivo acá hace tres años y ahora está muy difícil conseguir lugar, a dónde iba a irse, pero chiquita, ese no es mi problema, yo soy un hombre de negocios, si le concediera prorrogas a todos mis inquilinos muy pronto me vería en bancarrota, y yo no he trabajado toda mi vida para terminar haciendo beneficencia. Mi padre viajó tres meses en barco desde el otro lado del atlántico y después trabajó de albañil durante cuarenta años para que su hijo pudiera ir a la universidad, ¿usted va la universidad? No señor. Ahh, por eso el mundo está como está… No señor, yo no voy a la universidad porque tengo que trabajar para pagar el alquiler, por ejemplo, pero si tuviera un padre que trabajara por mi probablemente iría a la universidad y estudiaría derecho y después ganaría litigios por desalojo y compraría edificios enteros a mitad de precio y los alquilaría y viviría de rentas y tomaría uno o dos o tres Chandon por semana y coleccionaría botellas vacías de whiskys importados y colgaría cuadros de mal gusto en mi antesala, paisajes y retratos de artistas de mala muerte que encontraría en mis viajes a Venecia o a Roma, y diría, ante la expresión condescendiente de mis invitados “éste es de un artista italiano famosísimo que conocí en una exposición en el museo de arte contemporáneo, me pidió cinco mil dólares, y terminó dejándomelo en cuatro mil setecientos cincuenta dólares porque le caí muy bien” y además me inventaría un hobby interesante como jugar al golf o al tenis o hacerme artista de jazz pensó Natalia, pero se limito a rogarle una vez más que le concediera tres meses para encontrar un departamento nuevo, te doy dos meses, y sólo porque sos mujer y estás sola, le había dicho el abogado como si fuera un halago, y se había marchado sintiéndose orgullosísimo de su bondad.

jueves, 26 de abril de 2007

Uno

Se cansó de cansarse y cruzó la puerta saliendo hasta el pasillo oscuro que conectaba su piso con las escaleras del edificio: un sucucho en ruinas que debió haber sido hermoso en algún tiempo, pero que en cambio ahora daba la impresión de estar a punto de venirse abajo.
Tenía ganas de tomar el ascensor (cinco pisos por escalera no ayudan a mejorar el humor de nadie) pero no había ascensor, así que no pudo más que bajar los cinco pisos por escalera.
Los escalones de madera avejentada rechinaban y crujían y parecían deshacerse bajo sus pies, la escalera tenía forma de caracol, cosa que provocaba eventuales mareos en los huéspedes menos acostumbrados, y la baranda, también de madera, estaba tan desgastada por años de roce de manos, codos y dedos, que ya no podía tocarse por posible derrumbe (así lo advertía un cartel pegado en cada uno de los entresuelos). Llegó al tercer piso sin haber pensado ni una sola vez en la inutilidad de las horas, silbó un tango cuyo ritmo o nombre me resulta imposible descifrar, pues su respiración estaba acelerada en parte por el trote y en parte por el hastío y en consecuencia, la melodía salía distorsionada de la boca para fuera. Y de la boca para dentro, también. Tenía un pésimo sentido musical. Había intentado aprender a tocar la guitarra, tal vez si fuera músico podría evitar la tortura de entrar en el sistema para trabajar y pagar a crédito cosas que en realidad no necesitaba, cosas que le enseñaban a necesitar y a añorar justamente para que no se saliera del sistema. Era zurdo en todos los sentidos de la palabra, cosa que le dificultó el aprendizaje, nadie le dijo que debía dar vuelta la guitarra y cambiar las cuerdas de lugar, aprendió a tocar la guitarra como diestro, cosa que al final no funcionó, como en el resto de los aspectos de su vida, ser diestro le hubiera facilitado tanto las cosas... Estaba a medio piso de la puerta de entrada, ya podía escuchar el bullicio de la gente y su alegría de sábado por la noche. Todos listos para el desfile y la estupidificación masiva de alcohol o de música techno, entonces su pierna izquierda, o mejor dicho el pantalón de su pierna izquierda se enganchó en un clavo medio salido y del todo oxidado que asomaba desde uno de los escalones, al mismo tiempo que su pie derecho estaba ya en pleno acto pisatorio del siguiente escalón, de manera que no pudo desengancharse a tiempo, o agarrarse de la baranda intocable de madera, y se cayó.
Rodó unos trece escalones hasta el suelo. Bastó la conjunción de cuatro hechos aislados para que él, intelectual de treinta y doce, se viera burlado por la ley de gravedad o de causa y efecto o de un Dios que se acuerda cuando quiere de un pobre idiota, y siempre para demostrar quién manda.
Se sacudió la ropa y pensó en la fotografías que tal vez un día se sacudirían el manto amarillo de polvo y de tiempo, y hablarían y dirían que esa tristeza que aprisionan los momentos que ya nunca serán, no ha sido inútil como las horas que vienen y pasan, sin que nadie las llame o las detenga o las atrape más que en las fotografías que uno cuelga en la pared como un souvenir.
En la caída, de todo lo que podía romperse por viejo o por culpable; es decir: el clavo, o el escalón, o él mismo, fue justo el jean deshilachado el que cedió, dejándolo medio desnudo para los pesimistas, o medio vestido para los que gustan de cantar aleluyas. De manera que se vio ante dos opciones: salir así, medio desnudo o medio vestido a pasearse por las calles, o subir los cinco pisos por escalera a cambiarse el pantalón, para luego bajar los mismos cinco pisos hasta el mismo lugar donde ahora se encontraba deliberando. Suspiró mientras se agachaba para sentarse en un escalón, por algún motivo o fuerza superior a su voluntad le costaba horrores tomar una decisión, sin importar su grado de relevancia o trascendencia: tardaba lo mismo en decidir si se pondría las medias grises o las blancas, como en decidir si se mudaba del planeta. Bernardo es de los que piensan que lo malo de la vida son las demasiadas opciones. Si hubiera sólo una opción, uno se limitaría a aceptar sin más lo que es, y evitaría pensar en lo otro, en lo que podría ser mejor. Como el mundo, que en sí mismo no es un problema, más que por la noción o la idea o el cuento de hadas del paraíso. Si no nos hubieran prometido un paraíso, talvez viviríamos más felices o al menos más contentos o más conformes, a sabiendas de que no hay más, ni mejor. Pero para eso ya es tarde, está lo otro, la opción, las medias blancas y grises y rojas, tres cuartos, soquetes, de algodón, de lycra, con rombos, a rayas y para qué seguir sentado ahí como un tonto, si va a dar lo mismo que salga o se quede, ojalá no tuviera más opción que salir, quizá lo esté esperando fuera la mujer de su vida, aunque él está así, con el pantalón roto por culpa del clavo, o del escalón, o del trote, o de la ansiedad, o de las leyes santísimas de Dios, o de la mismísima madre que lo parió, y es tan tarde, tan sábado, y tantos los escalones...