
"Oh, gran creador del ser, concédenos una hora más para representar nuestro Arte, para perfeccionar nuestras vidas" ~ James D.Morrison ~
martes, 30 de octubre de 2007
martes, 23 de octubre de 2007
50
Se sentía poderoso. La adrenalina se expandía por su cuerpo y pitaba, ansioso.
No había sucedido nada, sino que esta súbita predilección por la alegría lo invadía desde todos los ángulos, un deja-vù de algo que sin lugar a dudas iba a pasar. Bernardo sabía que no había nada de ordinario en esa sensación de expansión, ni era tampoco una maquinación de su cerebro, medio viejo y medio cansado. Se sentía como Raskólnikov justo antes de levantar el hacha por los aires, el Kairos, pensó y encendió maquinalmente otro cigarrillo.
Estaba fresco, pero Bernardo mantenía una ventana abierta para que el aire entrara. Hacía tres días que había empezado a llover y esa noche la tormenta ahuyentó de la calle a todos los hombres; no había una puta ni un mendigo o un punga en ningún lugar, adónde irían, y los truenos parecían anunciar el fin del mundo. Esporádicamente, Bernardo imaginaba que todo eso era una señal más.
¿Dónde andaría Natalia aquélla noche?
Pensaba que tentar la suerte significaba vivir una infinidad de vidas dentro de la misma, y para qué pensar tanto, pensaba indefectiblemente y así confirmaba la imposibilidad de salirse de sí, de expresarse o de ser fuera de su observación directa del mundo, cogito ergo sum, dijo y decidió abandonar el asunto, alzó la cabeza un poco e inspiro el aire frío que atravesaba la ventana.
Al cabo de que hubiese retumbado otro trueno en el cielo, Bernardo oyó a la distancia un sollozo. Se desperezó, al perecer, se había quedado dormido por un momento. Se levantó con intención de cerrar la ventana, y el lamento que había escuchado se hizo más fuerte. Se detuvo en silencio para oír de dónde provenía, puede ser mi imaginación, pensó, y palpó en la oscuridad para agarrar sus cigarrillos.
No había luz en ninguno de los edificios que Bernardo llegó a capturar con la vista, luego de asomarse por la ventana. La oscuridad era inmensa, cada tanto, un relámpago alumbraba toda esa desolación y los árboles se agitaban desechos en la tempestad e incluso podían verse espectros al parpadear, si uno era propenso a ciertas creencias.
Tal escena, más el llanto que parecía provenir de la cocina, lograban infundir un miedo que a Bernardo le resulto inverosímil, de manera que decidió averiguar de que se trataba todo eso.
Atravesó el living, alumbrado por la llama débil del encendedor, que cada tanto se apagaba para dejarlo inmerso en el vacío. El llanto se asemejaba al de un niño, era suave pero persistente y estaba ya cada vez más cerca de Bernardo, que logró divisar un bulto parecido a un hombre dibujado en la oscuridad.
El bulto se sacudía en pequeñas convulsiones que acompañaban rítmicamente sus accesos de llanto, cuando Bernardo estuvo muy cerca, logró ver que el hombre se sostenía la cabeza con las manos, y que no parecía haberse percatado de su presencia. Bernardo se hundió de pronto en una duda certera ¿Cómo había entrado ese hombre a su casa? Salió de su cavilación al ver que el hombre se daba vuelta a mostrar su rostro convulsionado…, ¡era Wilde!
Bernardo fue presa de un pánico absolutamente fundamentado por la certeza de estar viviendo un momento imposible en el espacio y el tiempo, ¡por fin me he vuelto loco! Se dijo, mientras Wilde le extendía un papel arrugado. Bernardo estiró la mano y se acercó el papel furtivamente a los ojos, purgó por leer lo que estaba escrito, presentía el despertar a otra vida en la que Wilde ya no estaría.
Mientras clavaba en el papel la mirada, sintió que era sustraído del lugar, como si se estuviera cayendo de sí, o dentro de sí, y ya no pudo seguir leyendo cuando un trueno lo despertó sacudiéndose en su silla.
La brisa fresca que venía de la ventana le humedecía el rostro, todo había sido un sueño.
sábado, 20 de octubre de 2007
miércoles, 17 de octubre de 2007
de maquinaciones,
se desvanece en extremo
toman incluso mis palabras
la forma vacua de la levedad
y el hastío se vuelve
desayuno y cena
de mis días in abstractum
no se diferencia un ocaso
de una puesta de sol
y todo es ruido y movimiento
innecesario o prescindible
todo es adorno vano
en mi prisión de conciencia.
Lejos estoy de merecer mi ser
o de que el ser a mí me merezca,
hay mucho de maldad inocente
en todas las cosas,
algo que desprecio infinitamente
y sin embargo,
juzgo como fuerza
la inercia que al porvenir me arrastra.
domingo, 14 de octubre de 2007
Bendigo el instante que me encuentra lúcida.
No hace tiempo yo te hubiese culpado
del vacío que vive en mí desde siempre.
Como si la obstinación
trascendiera los límites
de un amor ahogado en voluptuosidad.
Como si tu ausencia
no viniera a anunciarme
el ocaso de esta enajenación del alma.
Sin quererlo me enseñaste
cuánto hay de servil y absurdo en la dependencia,
que la libertad es un reino solitario
donde la promesa no es,
sino ruina grotesca de la pasión de los hombres.
¿Presentirás mi lamento, amor
cuando me haya ido?
Puesto que me largo a tiempo,
hallaré nostalgia y gozo
cuando visite tu olvido.
Y a esta hora benigna,
encuentro necesario y justo
todo lo que de vos me aleja.
Soy testigo de la eternidad, ¿me creés?
Hay grandeza en todo
lo que al alma atañe
quien no quiera verlo, está perdido
y condenado a la tristeza de la levedad.
¿Qué más da si soy o no, poeta?
¿Qué más da si me invento
un destino heróico, una mueca?
"No hay más en la vida que esto"
dice el espíritu de la pequeñez,
y observa telarañas,
y muerte y aburrimiento
y desolación.
Pero mi ansia de grandeza
escupe en toda pequeñez,
en toda limitación impotente
de la esperanza de los hombres.
Así pues, adiós
mi amor dulce, adiós.
El barco de mi locura zarpa ya,
no me agites un pañuelo blanco
desde el puerto,
no quieras llorar
que aun soy débil mujer
y no quisiera,
sucumbir al deseo tortuoso
y narcotizante,
de hundirme en tu amor
hasta que la muerte me halle.
viernes, 12 de octubre de 2007
Baires de día,
las cosas más odiosas,
todo corre, todo está llegando tarde
Por cada esquina hay un vago,
una puta, un borracho
un burgués y un maniquí
Y todo se empuja,
todo se corroe muy rápido
y además el ruido,
la ira del porvenir que cae
como nueve días seguidos de lluvia
Y algunos fantasmas
escondidos en las cúpulas
y en los edificios.
Todo es un caos
en equilibrio constante
en esta ciudad de parias,
de mediocres y de genios.
lunes, 8 de octubre de 2007
farewell,
Pero si llegara a suceder que la voluntad de libertad venciera los obstáculos que el teatro-del-ser nos impone, acaso volvamos a juntarnos, libres de toda opresión de la conciencia.
Mientras tanto prefiero buscar a otro que se te parezca, no puedo tolerar cansarme de vos, ni solicitarte que te amoldes a mis pretenciones, o permitirme sumisión a un amor que se aniquila con la repetición.
miércoles, 3 de octubre de 2007
A pedido del público,

El Idiota, de Fiodor Dostoievski
Una vez (no vamos a detallar por qué ni cómo) andaba yo perdida en un barrio de Paris, y fui a dar con una librería, de nombre Shakeaspeare. Había en la pared frontal un pizarrón, y en el pizarrón las letras de un tal George (creo que se llamaba George, el dueño de la librería) que decía algo así como que era él un hombre que vivía entre libros y ensueños, y que (pensaba) Dostoievski había escrito El Idiota pensando en él.
Esto sucedió hace un par de años y yo todavía no había leído nada de Dostoievski. Pero sentí una especie de fascinación por el libro, o con las palabras de George, vaya uno a saber, en fin, que pocos días después, también en Paris, en un hostal, charlé con alguien en el pasillo, que sostenía un libro en la mano y era (¡justamente!) El Idiota, razón por la cual decidí que era mi destino inexorable leer ese libro.
Así, cerca de dos años después (no me pregunten por qué tardé tanto), conocí al príncipe Lev Nicolayevich Mishkin. De ahí que después de leer unos cuantos libros más de Dostoievski, haya decidido convertirlo en mi gran amigo, si se me excusa el desvarío.