
De Profundis, del señor Oscar Wilde.
Lo leí un domingo, triste. Me parece que llovía, o hacía frío (saben que ambas posibilidades son factibles según el clima divino que hemos tenido ultimamente). Venía yo de varios días de aislamiento y cavilación (esa práctica ridícula de los lectores ávidos) y sucedía que ese domingo ya estaba cansada de tanta maquinación, pero a la vez, como suele sucederme; no tenía ni la más mínima intención de salir a la calle a buscar una distracción, acaso llamar un amigo o a un semi-conocido que me proporcionara una charla amena que me alejara de mi idiotés intelectual.
De manera que decidí enfrentar mi destino y persistí en mi encierro. Miré a mi biblioteca (imagínese simplemente una cierta cantidad de libros apilados en el suelo de la habitación) y alcancé a ver a Wilde llamándome, entre Dostoievski y Hesse.
Empecé a leerlo por la mañana, fumé, di vueltas por la casa, tarareé dos o tres canciones de Janis, sentí un adagio, volví a la lectura, etcétera, y ya de noche, terminé las últimas lineas, enjuagándome un poco los ojos.
No era ya el domingo lo que contaba, ni mi maquinación existencial, ni mi amor perdido, ni todo lo que iba a ser, o la autocompasión, o el juego de rol que incluso ante sí mismo uno juega, o la psicósis o el anhelo o el hastío o... la profundísima tristeza con la que Wilde había escrito sus memorias del des-amor vinieron a menguar lo que en mí había, y entonces, pongámoslo así: transfórmose todo en algo más, que acaso pueda llamarse arte.



